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marzo 22, 2009

angel-tercera-edad16h00

Hoy, igual que cada tarde, de lunes a viernes, cuando la gente que trabaja se encamina de retorno; hay quienes salen recién de sus casas, quizás ejerciendo el recuerdo de un compromiso laboral de antaño.

Acicalados, oliendo a lavanda, aqua velva o bairum, visten blancas y almidonadas guayaberas o un pulóver cuello alto que los proteja de cualquier fría brisa que podría ser letal.

Llegan uno a uno y cual cansadas palomas, se posan en las bancas de hierro ornamental que alguien colocó en cierta esquina, para recibirlos en sus puntuales y cotidianas tertulias de hombres grandes, no de estatura, sino de trayectorias vividas.

Llenos de ilusiones, sus blancas cabezas, unas engomadas y otras semi calvas, huellas de los muchos inviernos transcurridos en la vida. Pasos cortos e inseguros, tal vez apoyados en un bastón metálico o de fino guayacán eterno, una que otra oreja con un dispositivo auditivo, se han transformado en sus fieles e inseparables amigos.

Ríen a carcajadas, vibran en el otoño de su nueva juventud, conversan y disfrutan estos pequeños instantes que la vida aún les brinda; sus repetitivos diálogos son la causa, pues parece que olvidan que ayer ya los narraron. O tal vez lo recuerdan, pero qué carajo, siguen describiendo sus achaques, sus quejas, sus enfermedades, sus contadas ilusiones, las mismas anécdotas, los mismos chistes, las mismas sonoras carcajadas, total, que más da, si no tienen ninguna prisa.

Antes de que el sol se dé por consumado, igual como llegaron, unos con la funda de pan de la tarde, dan la vuelta, alzan vuelo y se van; parten con la ilusión de que al siguiente día volverán a encontrarse en las mismas bancas de hierro ornamental a departir un nuevo e igual instante, mientras Dios lo permita, como miembro de la esquina del club de las palomas que dejaron de volar alto.


Luz Gabriela Rodríguez

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