ERES MI RELIGION
Iba caminando por las calles empapadas en olvido.
iba por los parques con fantasmas y con ángeles caídos.
iba sin luz, iba sin sol,
iba sin un sentido, iba muriéndome.
iba volando sobre el mar
con las alas rotas.
Ay amor apareciste en mi vida
y me curaste las heridas.
ay amor eres mi luna, eres mi sol,
eres mi pan de cada día
Apareciste con tu luz.
no, nunca te vayas,
oh, no te vayas, no
tú eres la gloria de los dos
hasta la muerte.
En un mundo de ilusión,
yo estaba desahuciado,
yo estaba abandonado.
vivía sin sentido,
pero llegaste tú.
Ay, amor tú eres mi religión.
tú eres luz, tú eres mi sol.
abre el corazón, abre el corazón.
Hace tanto tiempo corazón,
vivía en el dolor, en el olvido.
ay, amor eres mi bendición, mi religión,
eres mi sol que cura el frío.
Apareciste con tu luz,
no, no, no me abandones.
no, nunca mi amor.
gloria de los dos,
tú eres sol, tu eres mi todo
toda tú eres bendición.
En un mundo de ilusión
yo estaba desahuciado,
yo estaba abandonado.
vivía sin sentido, pero llegaste tú.
Ay, amor tú eres mi religión.
tú eres luz, tú eres mi sol.
abre el corazón, abre el corazón.
Ay, amor tú eres mi bendición.
tú eres luz, tú eres mi sol.
abre el corazón, abre abre el corazón.
Viviré siempre a tu lado con tu luz.
oh, oh, oh
moriré estando a tu lado,
eres gloria y bendición,
Oh, oh, oh
eres tu mi bendición.
eres tú mi religión, yee.
oh, oh, oh
Eres tú mi eternidad,
y hasta eres salvación.
oh, oh, oh
No tenia nada.
y hoy te tengo con la gloria,
con la gloria, con la gloria.
amor, amor, amor, amor, amor
Eres tú mi bendición.
eres mi luz, eres mi sol.
La musica es el remedio del alma.
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UNA CARRERA SIN SENTIDO
por el Hermano Pablo
El joven, de veintidós años de edad, subió a un auto robado, un Chevrolet de ocho cilindros, que encontró en Coalinga, California. Lo puso en marcha y se lanzó hacia el sur, a 160 kilómetros por hora, por la carretera interestatal número 5. Cuando menos pensó, se le acabó el combustible. Así que se bajó del Chevrolet y se robó un Ford, siguiendo siempre rumbo al sur, y siempre a 160 kilómetros por hora.
A estas alturas la policía estatal se dio cuenta del robo y comenzó a perseguir al joven, que otra vez quedó sin combustible. Rápidamente se subió a un Volkswagen que encontró en el camino, y siguió su loca carrera.
Por conducto de su red de comunicación, la policía se dio cuenta de que se trataba de Miguel Stroh. Y Miguel no sólo era ladrón: había matado a un hombre en Coalinga. En eso, otros radiopatrullas se unieron a la cacería.
A la altura de la ciudad de Anaheim, al sur de Los Ángeles, se le acabó el combustible a Miguel por tercera vez, y esta vez los policías lo alcanzaron. Al fugitivo, que no había dejado de disparar sus armas, lo mataron de un solo tiro. La carrera había por fin terminado, después de ocho horas de fuga.
La verdad es que todo para Miguel había llegado a su fin: el combustible de los autos, las balas de sus cuatro armas, su carrera delictiva y sus días juveniles. Hijo de granjeros, pudo haber hecho la vida tranquila de las faenas agrícolas. Pero prefirió el ritmo loco de las ciudades y la velocidad de los autos deportivos. Y lo peor de todo, escogió la droga y el narcotráfico antes que el trabajo honesto del campo. Apenas con veintidós años de edad, llegó al fin de todo: el combustible, las balas de sus armas, la fuga desesperada y su propia vida.
Así, o en forma semejante, terminan sus días los que beben con afán el jugo de la vida. La existencia apresurada, la lucha loca, la carrera sin sentido, le pertenecen al que no tiene propósito en la vida. En cambio, cuando se sabe qué es lo que se quiere, cuando hay metas sanas que son para el bien de la familia humana, cuando se piensa en formación, en responsabilidad y en armonía espiritual, la vida entonces procede con calma, cordura y madurez.
¿Cómo puede hallársele razón a la vida? Hallando al Autor de la vida. Y ¿cómo se halla al Autor de la vida? Pidiéndole con sinceridad, en humilde oración, que entre a nuestro corazón. Esa sincera oración puede cambiar radicalmente el rumbo de nuestra vida. Cristo, el autor y consumador de nuestra fe, sólo espera que acudamos a Él. Él está ahora mismo a la puerta de nuestro corazón. Démosle entrada. Él sólo nos traerá bien. Piensalo en tu conciencia.
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| En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:«Me casé con quien fue mi novio por casi tres años, profesional, responsable, amoroso, respetuoso.... Nuestro matrimonio cayó en una rutina horrible y yo sentí que no estaba creciendo personalmente, así que decidí separarme.»Desde entonces, he sido más infeliz aún. He tenido varias parejas que, lejos de llenar mi corazón, lo han marchitado más. Y ahora sólo pienso en el gran hombre que perdí por mi egoísmo, el único que sé que verdaderamente me ha amado....»
Este es el consejo que le dimos: «Estimada amiga: »... Su matrimonio fracasó porque usted estaba concentrada en lo que le fuera de beneficio personal. Usted quería que fuera su esposo quien le hiciera sentir satisfacción. Usted quería que fuera la relación conyugal lo que la ayudara a crecer y a progresar en la vida. Tales deseos egoístas, lejos de enriquecer el matrimonio, lo llevan a la ruina. Cuando un hombre y una mujer se casan, deben hacerlo por el amor que pueden darse el uno al otro. Deben amarse a tal grado que su mayor interés es satisfacer a su pareja, siempre dispuestos a poner a un lado sus propias necesidades y deseos. »El apóstol Pablo describe la relación conyugal en el quinto capítulo de su Carta a los Efesios, donde instruye tanto a los esposos como a las esposas que se entreguen mutuamente de tal modo que lleguen a ser un solo cuerpo.1 “Un solo cuerpo” simboliza una sola mente, de modo que en su manera de pensar y de actuar, tanto para el uno como para la otra, ya no se trata de “yo” sino de “nosotros”. »No hay ningún hombre que pueda llenar el vacío que usted siente en su ser. Dios ha permitido ese vacío en usted para que reconozca la necesidad de una relación con Él. Todo ser humano nace con ese vacío, y la mayoría se pasa toda la vida tratando de llenarlo con una cosa o con otra. Pero nada les da resultado, y se frustran y se desesperan cada vez más. Muchas veces la voz de la conciencia les dice al oído que necesitan a Dios, pero no pueden imaginarse a un Dios que sea personal y que los ame tanto. »Usted puede hablar personalmente con Dios ahora mismo. Pídale que le perdone sus pecados en el nombre de Jesucristo. Pídale que llene el vacío y le dé la paz que su alma necesita. Y pídale que le ayude a comenzar a pensar más en las necesidades de otras personas, y menos en las suyas. Cuanto más hable con Él, más podrá cultivar una relación con el Dios que la creó y que desea lo mejor para usted. Y siempre que se comunique con Él, usted podrá ver las cosas desde su perspectiva divina y llegar a ser menos egoísta. Y reconocerá que ningún hombre puede llenar su corazón, ya que Dios es el único que puede realizar esa tarea. »No espere que ningún hombre haga lo que sólo Dios puede hacer, »Linda y Carlos Rey.» |
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ABRAMOS BIEN LOS OJOS
por Carlos Rey

«Se oía la respiración de la noche.... Al cruzar una calle, sentí que alguien.... se acercaba.... Intenté correr. No pude.... Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
—No se mueva, señor, o se lo entierro.
—¿Qué quieres?
—Sus ojos, señor —contestó la voz suave, casi apenada.
—¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero.... No vayas a matarme.
—No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
—Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
—Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules. Y por aquí hay pocos que los tengan.
—Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
—Ay, señor, no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
—No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
—No se haga el remilgoso —me dijo con dureza—. Dé la vuelta.
»Me volví. Era [un hombre] pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
—Alúmbrese la cara.
»Encendí [un fósforo] y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. Él apartó mis párpados con mano firme... y me contempló intensamente....
—¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
»...Tirándome de la manga, me ordenó:
—Arrodíllese.
»Me hinqué. Con una mano me [agarró] por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
—Ábralos bien —ordenó.
»Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
—Pues no son azules, señor. Dispense.
»Y desapareció.»1
A este impresionante cuento Octavio Paz le puso el inocente título «El ramo azul». Lo que más nos impresiona de la magistral narración del Premio Nobel mexicano es la naturalidad con que actúan el apenado maleante —¡como si fuera lo más normal del mundo el acto macabro que se propone cometer!— y su víctima, que pudiera ser cualquiera de nosotros.
Aunque para muchos sea igual de difícil concebirlo, de igual manera nos acecha Satanás, en la oscuridad de nuestros momentos más vulnerables. Lo hace con el fin de sacarnos los ojos espirituales, para que ya no pongamos la mira en Dios sino en las cosas perecederas de este mundo. Más vale que abramos bien los ojos. Así no seremos víctimas del capricho de aquel maleante que nos los quiere cerrar para siempre.
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CON LA MUERTE EN LAS ENTRAÑAS
por Carlos Rey
Ocurrió en agosto de 1974, en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima, Perú. La gente entraba y salía, con el nerviosismo propio de un aeropuerto, cuando de pronto un hombre corpulento, de tez bronceada, lanzó un grito desgarrador y cayó al suelo echando espumarajos. Mientras se retorcía de dolor, atormentado por las convulsiones, las autoridades del aeropuerto llamaron una ambulancia. En cuestión de segundos su rostro se puso blanco como la cera.
Se trataba de Curtis Melvin Carnes, norteamericano de veintisiete años de edad, oriundo de la ciudad de Austin, capital del estado de Texas en los Estados Unidos. Lo llevaron de emergencia al hospital, pero ya era demasiado tarde. Falleció poco después de haber entrado en la sala de operaciones.
Al hacerle la autopsia, los médicos forenses casi no podían creer lo que estaban viendo. Había en el estómago de aquel individuo 123 bolsitas de plástico que contenían 335 gramos de clorhidrato de cocaína.
La muerte del contrabandista se debió a un edema pulmonar por intoxicación, al reventarse doce de las bolsas en su estómago. Esta tragedia fue el inicio de una investigación minuciosa cuyo fin era desmantelar las actividades de una bien montada banda internacional de narcotraficantes.
Días después las autoridades detuvieron a otro norteamericano, llamado Thomas Wolfe, universitario de veintitrés años, a quien ingresaron en un hospital, donde expulsó veintitrés bolsitas de plástico, también llenas de droga.
¿Qué hace que una persona se disponga a llevar la muerte misma en las entrañas? Una cosa es ingerir la droga en pequeñas dosis, y otra es llevarla dentro en dosis letales. Y sin embargo se han visto muchos casos de individuos que han corrido el enorme riesgo de tragarse ese veneno en bolsitas plásticas a fin de llevarlo de contrabando dentro del cuerpo.
Para los que pensamos que esto no tiene nada que ver con nosotros, tal vez nos convenga volver a pensarlo. Aunque no llevemos ninguna droga por dentro, es posible que sí llevemos otra clase de veneno en las entrañas. ¿Acaso no son el odio y el resentimiento, la codicia y los celos, venenos que tarde o temprano nos consumirán si no los eliminamos a tiempo?
Si llevamos ese veneno en las entrañas, más vale que le pidamos a Dios que saque de nuestro corazón toda bolsa de veneno mortal antes de que estalle en nosotros. Para eso envió Él a su Hijo Jesucristo al mundo: para limpiarnos de todo lo que nos contamina.
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