Después del desastre que significó un infructuoso taller de escritura, algunas cosas positivas pude rescatar, definiciones y las razones del porque algún tipo de literatura no me agrada, que escribir bien es como la buena cocina, hacerlo siempre, sin prisa y con los ingredientes de manera precisa. Adjunto pues el primer cuento que se me da.  Abierto como siempre a sus sugerencias.

DESQUITE

Esta vez no necesitó que alguien lo ayudase a ponerse de pie y vestirse.

Usó la vieja peinilla de baquelita que le había dejado su abuelo, cuando cumplió siete años, y repitió el mismo ritual de antes. Antes de que la esclerosis lo postrara en una silla de ruedas.  Cuando cruzó la pequeña sala todos se quedaron boquiabiertos, inclusive su nieto menor, siempre estaba absorto en cualquier artefacto electrónico. Se escuchaba un murmullo, “¿pero, qué hace parado?”, después la mayor de las hijas le gritó a manera de pregunta  “¿a dónde vas papá?”, nada detuvo ese paso lento pero decidido, tomó el abrigo y  el sombrero del perchero, con el rabo del ojo detectó que alguien se prestaba a ponerse de pie después del asombro inicial de ver a ese hombre que cinco días antes se había puesto a llorar como un niño, recordando y musitando cosas incomprensibles, y ahora con tanta energía. Detuvo fijando sus ojos, vidriosos, pálidos por la enfermedad y la edad,   en toda la humanidad de su yerno, “Ya vuelvo” espetó. Dio media vuelta, tomo su bastón metálico y abrió la puerta.

El día estaba muy frío, más parecía que el invierno  se había adelantado ese año, pero las hojas envejecidas por toda la calzada daban cuenta que el otoño seguía. Pensaba que hubiese sido mejor llevar bufanda, pero no podía regresar, a su paso llegaría cuando ya no estuviese nadie y no quería sentirse cobarde, todos  debían verlo. Repasaba mentalmente que le iba a decir, como iba a presentarse, después de tanto tiempo ¿seguiría igual?, probablemente esté rejuvenecido, lozano, con esa expresión de que todo está bien, con esos ojos aguados, con sus poses, sus atavíos, que desde siempre le parecieron poco masculinos “Así no debería vestir un hombre, y ese pelo…” iba mascando esas palabras mientras esperaba a que el semáforo le diera paso. Se detuvo en una despensa para comprar una cajetilla de cigarrillos, una botella de agua y un encendedor. Encendió un cigarrillo, la primera bocanada lo hizo sentirse como atontado, mareado, se sostuvo en la pared antes de llegar a la escalera del subterráneo, tomó un poco de agua y sonrió al descubrirse sorprendido por la sensación de nicotina recorriendo su cuerpo, después de todo había dejado de fumar desde que su hijo mayor había nacido, cincuenta y tres años atrás. Se sintió como en esa época, cuando tenía ese aire de matón de barrio, que le duró hasta que se casó. Fumaba de lado, sosteniendo el cigarrillo entre los dedos pulgar e índice, con el rostro un poco elevado.  Un turista le tomó una foto al viejo matón.  No lo tomó en cuenta, sólo terminó su cigarrillo lo lanzó al suelo y lo pisó con desdén, ni se fijó si se había apagado.

Tomó el tren subterráneo, a esa hora en un día regular hubiese sido un caos, pero era domingo, y era un domingo aburrido, no había fútbol siquiera. Se sentó en un banco cerca del oficial que abre y cierra las puertas del vagón, era una mujer menuda, cabello negro y largo, blanca y con facciones finas, la vio atentamente. Ella vio a aquel viejo y le sonrío, él en un lapsus temporal, le devolvió la sonrisa con un guiño coqueto. En lugar de incomodarse aquella mujer sonrío más, y le devolvió el gesto. Cómo le recordó a su esposa, incluso esa mirada vivaracha y sonrisa franca que lo cautivaron desde aquella vez que los presentaron. Desde su partida se había vuelto otra vez aquel amargado, taciturno; pero esta escena le devolvió su alegría, le dio más fuerzas, no se dijeron nada, ni se volvieron a ver hasta que le tocó bajarse. Se puso de pie casi sin usar su bastón metálico, sin emitir ningún sonido de esfuerzo para no parecer enclenque, levantó un poco su sombrero para despedirse, ella volvió a guiñarle. No se volvió a verla cuando cerró la puerta, siguió hasta la escalera que lo llevaba a la calle, miró hacia arriba y pensó en la falta que le hacía su esposa.

Tomó hacia la derecha a dos cuadras de la salida del subterráneo, pasó por enfrente de la sinagoga, advirtió que estaba cerca. Se detuvo frente a las puertas, volvió a encender un cigarrillo, lo fumó dos veces nada más, lo lanzó al suelo con rabia, exhalaba el humo mientras se movía hacia la entrada, parecía un toro embravecido con esa mezcla de humo y aliento congelado que salían de su nariz y boca. No saludó a nadie, se fue directo a él y le gritó “desgraciado...” apartó con un brazo a una mujer que estaba enfrente, empuñó su bastón y lo descargó dos veces sobre él, con la primera embestida le rompió la mano derecha, con la segunda la cabeza. Cuando lo vio tumbado en el suelo, lo escupió con todo el rencor que tenía, abrió las puertas y se fue. Uno de los feligreses que llegaba, se cruzó con el  viejo en la escalera, lo oyó decir “cincuenta y tres años apenas”.


Deja una respuesta


Ir a la barra de herramientas