Texto publicado en: Fanzine IV
Esta noche hablaré por ustedes, mis queridos lobos hambrientos que no soportan en la carne la sangre que les corre, hablaré por todos los corderos que en sus fauces fueron despedazados, por cómo a mi corta edad supe entender que la sangre no es lo suficientemente espesa para pesar, lo que pesa es la lealtad a mis congéneres, a mis amores tardíos, a mi infiel fortaleza que día a día se va por el caño con mis sentimientos para con ustedes.
No pretendo herir con esta confesión, más bien, pretendo que ustedes también se confiesen bajo ese manto de ciudadano responsable y dador, se confiesen con el rigor de la ley moral que han impuesto en otros juicios y sepan cómo responder a mis acusaciones. Las reuniones extensas a su lado, sonrisas que traduzco como hipocresía y deslealtad, egoísmo y sed de poder, poder que los devorará como a carne al sol en pampa sin amo, puesto que tienen por amo a la avaricia, hijos de nadie.
Se me dio vida para existir entre el fango del pantano que se creó en torno a la casa, alrededor de miles de maldiciones dichas por ustedes, hermanos míos. Aquel lugar que bendijeron las brujas y hoy ustedes maldijeron creyentes, la infancia, la juventud, ¡cuánta nostalgia! El dolor, la desazón, ¡cuánta tristeza! Me es grato hoy decir que no soy parte de su manada, que vengo de un lugar anfótero, maleable, invicto. Que por alas tuve a mi conciencia y por viento para volar la rigidez de la educación moral bien impartida. Hoy, para ustedes, el dolor de la niñez rota que yace en los vestigios de la casa que no es más mi casa, sino la suya, la de ellos.
Las habitaciones, los recuerdos corriendo como niños por las escaleras tan felices y risueños, por mis ojos las lágrimas y el olvido, el adiós y un abrazo en la garganta que me aprisionaba el pecho, la incertidumbre del futuro y la certeza del presente, sobre mi pesaban los mares y las corrientes australes, sobre mis hombros el ayer y el mañana.
El alcohol, la banalidad en todos sus actos, las casas lujosas y sobre todo los puñales, las dagas envenenadas que sólo los más estúpidos recibirán, los que nacieron mal, aquellos que debieron morir para no ver como la carroña encadenada era su propia piel bajo el ardiente frío de la insolencia.
Desde la ignorancia de mi alma, hacia la recóndita isla de su bondad.

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