En la década de los noventas y los dos mil la mayoría de las series eran parte de un gran universo y compartían situaciones, escenarios, chistes e incluso personajes, por ejemplo: Johnny Bravo conoce a Scooby Doo, el personaje rojo —el parecido a un diablo— apareciendo en La vaca y el pollito y en Soy la comadreja, Número Tres (Los chicos del barrio) usando la hoz de Puro Hueso (Las sombrías aventuras de Billy y Mandy) o rupturas de la cuarta pared, pero todo enfocado a la misma familia noventera de caricaturas.

La animación, los chistes y los personajes estaban enfocados a una audiencia diferente la cual podía comprender una serie de bromas y rutinas cómicas con la fórmula del pastelazo, humor involuntario, chistes sobre flatulencias, siempre el triunfo del bien contra el mal, el niño genio y la hermana molesta, las inherentes aventuras de un grupo de amigos y otras situaciones que parecían tener un final al terminar el episodio de once minutos.

Pero hoy las caricaturas ya han cambiado, llegan nuevos shows con diseños minimalistas, personajes demasiados extraños, animación versátil y todas están situadas universos muy diferentes unos a los otros pero con trasfondo muy grande.

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