Una antigua profecía aparece hoy en la palabra de Juan el Bautista, cuando pide que se preparen los caminos del Señor. Son textos que calzan perfectamente con el tiempo litúrgico que vivimos, en la proximidad de la Pascua navideña.
Vemos, en efecto, a los ojos de la fe que el sentido de la manifestación del Señor en Belén es elocuente para destacar una llegada, una venida de Dios. Él supera la distancia infinita, pasa de la eternidad al tiempo. Ha tomado la iniciativa de salir a nuestro encuentro, abriendo su misericordia hacia los recurrentes e inútiles esfuerzos humanos por alcanzar un destino de felicidad. Viene Jesús y viene para dar salvación. Lo celebramos con júbilo en la gran fiesta que se avecina, convertida así en renovada fuente de salvación.
Es bueno, entonces, escuchar la voz de los profetas, por si no nos habíamos dado cuenta de la urgencia de preparar la bienvenida. Antes de nada, se trata de disponer una acogida personal al Niño que llega. Quizá el toque de atención de los textos de hoy ayuda a comprender que hay confusión y desorden en nuestra vida, continuamente agitada por problemas sin fin. Hace falta rectificar, cubrir vacíos, rebajar ambiciones innobles. Es preciso dedicar un tiempo a orar, para que la luz de aurora, que es ahora nuestra luz de esperanza, nos ayude a calibrar los huecos, las torceduras y los delirios.
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