cartas

La prosa poética corresponde al segundo tipo de obras y líricas que existen. En ella se pueden encontrar los mismos elementos que en el poema: hablante lírico, actitud lírica, objeto y tema, pero sin los elementos formales (métrica, rima) que caracterizan el verso.

Se distingue del poema por estar escrita en prosa y del cuento o del relato porque su finalidad no es específicamente narrar hechos sino transmitir sentimientos, sensaciones e impresiones.

Su iniciador fue el francés Aloysius Bertrand, que en su libro Gaspard de la nuit introdujo los primeros poemas en prosa a la literatura. Sin embargo, el estilo de Bertrand no obtuvo acogida por parte de los poetas románticos, por lo que pasó desapercibido. Fue el poeta Charles Baudelaire, con su libro El Spleen de París, el que revivió la idea de Bertrand y le dio fama a este tipo de poesía, influyendo luego grandemente a varios poetas simbolistas, entre ellos a Arthur Rimbaud, particularmente en el libro Iluminaciones.

Muchos microrrelatos están potenciados por su carga poética y, en muchos casos, la frontera con la poesía en prosa es difícil de determinar. Es el caso de muchos textos de Julio Cortázar (p/ej. en Historias de cronopios y de famas), o en textos de Antonin Artaud o de Oliverio Girondo, donde el valor poético de las obras predomina sobre la intención de contar.

SOÑAR

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Transcurrieron los días,
las noches... se borraron soñando...!

En algún momento
un aleteo de luz me hizo creer,
está vivo!

Han sido doce meses
doce meses
bajando al fondo del océano pero...,
bajando a pulmón,
sintiendo...
sintiendo, cómo la vida tirira y duda.

Duda,
como una vela,
duda
como un beso.

Miro hacia atrás...
y a lo lejos, veo colores.
También , una alberca transparente.
Mis emociones
están ahí,
en el intercambio
tostándose en el taller.

Un año menos,
o un año más
qué importa...

Yo,
aquí sigo,
de pie,
con los ojos encendidos,
y las manos
llenas de imaginación.

Un abrazo
para el 2015.

Sin duda es...
un número bonito

                                                                          José Antonio Navalón