Aún al borde de su propia muerte el águila extiende ampliamente sus alas agigantando su figura.
Cuando alguien con sus pies firmes en la tierra vea al águila volando directamente hacia un temible frente de tormenta podría pensar en la “tonta” decisión del animal que no huye del fenómeno. Sin embargo desde la altura del águila la realidad es muy distinta, intuye que frente a la tormenta, lo mejor que puede hacer es no volar dejándose perseguir continuamente por las grises nubes. Por el contrario se dirigirá de frente a ella, desplegará sus alas tan grandes como le sea posible con lo que el tempestuoso viento la empujará hacia arriba hasta que, luego de soportar durante un centenar de metros la oscuridad de la nube, por fin verá el sol y habrá dejado la temible tormenta atrás…
Cuando nos vemos circundados por un problema, lejos de tratar de huir, debemos elegir desplegar nuestras alas… tomar conciencia de la grandeza de la vida… de lo que verdaderamente somos… de nuestras reales capacidades… de aquello que poseemos muy dentro… Cuanto mayor sea el problema, más grande será la decisión… y enfrentando las circunstancias con decisión podremos enfrentar los momentos cruciales y lograremos superar las dificultades.
El águila afronta el momento culminante de su vida, cuando avizora el final de su existencia, lejos de amedrentarse, recluirse, cerrarse en sí misma, realiza el mayor de los esfuerzos de toda su vida en desplegar sus alas hasta que la sombra que produzca sea la mayor jamás vista. Así se eleva hasta las mayores de las alturas donde encontrará el lugar que ella misma elige para su muerte.
La última imagen que puedas tener de un águila, siempre será la de la majestuosidad de su figura con sus alas extendidas. Si lo hace un maravilloso animal como el águila… ¿no será posible que esta sea la actitud en nuestras vidas?




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