28 Jun 2010 Arte, bohemia y amor joven
 |  Category: Vibras

Miramos libros sobre dadaísmo y surrealismo y terminamos la noche inmersos en los esclavos de Miguel Ángel. Sin palabras, absorbimos los pensamientos del otro y, justo cuando rompía el alba, nos dormimos abrazados. Cuando nos despertamos, él me saludó con su sonrisa torcida y yo supe que era mi caballero.

Como si fuera la cosa más natural del mundo, permanecimos juntos, sólo nos separábamos para ir al trabajo. No hizo falta decirlo; se sobrentendía.

Durante las semanas siguientes, para dormir bajo techo dependimos de la generosidad de los amigos de Robert, en particular Patrick y Margaret Kennedy, en cuyo piso de Waverly Avenue habíamos pasado nuestra primera noche juntos. Dormíamos en una habitación abuhardillada donde había un colchón, dibujos de Robert clavados en la pared, sus pinturas enrolladas en un rincón y mi maleta de cuadros. Estoy segura de que, para aquella pareja, acogernos no fue tarea fácil, porque nuestra situación era precaria y yo era poco sociable. Por las noches, teníamos la suerte de compartir mesa con los Kennedy. Juntamos nuestro dinero y destinamos cada centavo a ahorrar para un piso de alquiler. Yo trabajaba muchas horas en Brentano´s y me saltaba las comidas. Trabé amistad con otra empleada que se llamaba Frances Finley. Era encantadoramente excéntrica y muy discreta. Cuando dedujo mi difícil situación, me dejaba una fiambrera con sopa casera en la mesa del guardarropa. Aquel pequeño gesto me fortaleció y selló una sólida amistad.

Quizá fuera debido al alivio de tener por fin un refugio seguro, el caso es que me derrumbé, agotada y crispada emocionalmente. Aunque jamás cuestioné mi decisión de entregar a mi hijo en adopción, aprendí que dar vida y desentenderse de ello no era tan fácil. Durante un tiempo estuve malhumorada y abatida. Lloraba tanto que Robert me llamaba cariñosamente Empapadita.

Robert tuvo una paciencia infinita con mi melancolía en apariencia inexplicable. Yo tenía una familia que me quería y podría haber regresado a casa. Ellos lo habrían entendido, pero yo no quería volver con la cabeza gacha. Tenían sus propios problemas y, ahora, yo tenía un compañero en quien podía confiar. Se lo había contado todo acerca de mi experiencia; no había forma de ocultarlo. Tenía las caderas tan estrechas que el embarazo me había abierto literalmente la piel de la barriga. Nuestro primer contacto íntimo reveló las estrías rojas que me entrecruzaban el abdomen. Poco a poco, con su apoyo, fui capaz de superar mi honda vergüenza.

Cuando por fin hubimos ahorrado dinero suficiente, Robert buscó un sitio donde vivir. Encontró un piso en un edificio de ladrillo de tres plantas emplazado en una calle arbolada a un paso de la línea de metro de Myrtle Avenue y a poca distancia de Pratt. Ocupaba toda la segunda planta y tenía ventanas orientadas a este y oeste, pero yo jamás había estado en un lugar tan extremadamente sórdido. Las paredes estaban llenas de sangre y garabatos de psicótico, el horno repleto de jeringuillas usadas y la heladera infestada de moho. Robert llegó a un acuerdo con el propietario. Accedía a limpiarlo y pintarlo con la condición de que sólo pagáramos un mes de fianza en vez de los dos estipulados. El alquiler eran ochenta dólares mensuales. Pagamos ciento sesenta dólares para mudarnos al número 160 de Hall Street. La simetría nos pareció favorable.

[...]

Nuestros escasos efectos personales estaban amontonados en el centro de nuestro futuro dormitorio. Dormíamos sobre los abrigos. Las noches en que se recogía la basura, salíamos a la calle y, mágicamente, encontrábamos lo que necesitábamos. Un colchón viejo bajo una farola, una estantería pequeña, lámparas reparables, cuencos de loza, imágenes de Jesús y la Virgen con recargados marcos desportillados y una raída alfombra persa para mi rincón de nuestro mundo.

[...]

No teníamos mucho dinero pero éramos felices. Robert trabajaba a tiempo parcial y se encargaba del piso. Yo lavaba la ropa y preparaba la comida, que era muy limitada. Había una panadería italiana que frecuentábamos, cerca de Waverly. Comprábamos una hermosa barra de pan duro o cien gramos de sus galletas pasadas, que vendían a mitad de precio. Robert era goloso, de modo que a menudo ganaban las galletas. A veces, la panadera nos ponía más cantidad y colmaba la bolsita de galletas amarillas y marrones mientras negaba con la cabeza y nos regañaba con simpatía. Seguramente sabía que aquella era nuestra cena. La completábamos con café para llevar y un cartón de leche. A Robert le encantaba la leche con cacao, pero era más cara y teníamos que ponernos de acuerdo antes de gastar esos centavos de más.

Teníamos nuestro trabajo y nos teníamos el uno al otro. Carecíamos de dinero para ir a conciertos o al cine o para comprar discos nuevos, pero poníamos los que teníamos hasta la saciedad. Escuchábamos mi Madame Butterfly cantada por Eleanor Steber. A Love Supreme , Between the Buttons , Joan Baez y Blonde on Blonde . Robert me dio a conocer sus preferidos ´Vanilla Fudge, Tim Buckley, Tim Hardin´ y su History of Motown fue el telón de fondo de nuestras noches de diversión compartida.

Un día de otoño inusitadamente cálido nos vestimos con nuestra ropa preferida, yo con mis sandalias beatnik y mis pañuelos deshilachados, y Robert con sus collares de cuentas y su chaleco de piel de carnero. Tomamos el metro hasta la calle Cuatro Oeste y pasamos la tarde en Washington Square. Compartimos café de un termo mientras observábamos la marea de turistas, porretas y cantantes folk. Revolucionarios exaltados distribuían pasquines antibélicos. Jugadores de ajedrez atraían a un público propio. Todo el mundo coexistía en aquella constante cacofonía de diatribas, bongos y ladridos de perro.

Nos dirigíamos a la fuente, el epicentro de la actividad, cuando un matrimonio maduro se detuvo y nos observó sin ningún disimulo. A Robert le gustaba que se fijaran en él y me apretó cariñosamente la mano.

-Oh, sácales una foto -dijo la mujer a su desconcertado marido-. Creo que son artistas.

-Venga ya -respondió él, encogiéndose de hombros-. Sólo son unos niños.

You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
Leave a Reply