Se me ocurrió que debía escribir a mis amigos un mail preguntando cómo se desarrollaba su vida lejos de la ciudad donde resido. Pensé: ¡cómo los extraño! Y luego: ¿me extrañan ellos también? Era una pregunta difícil de responder, ya que no soy ellos para hacerlo. Sin embargo, decidí que sí, ellos también me recuerdan con cariño. Fue así como empecé a escribir a los panas la primera carta. Se formó un diálogo cordial, de amigos que se estiman y añoran su compañía en un nuevo ambiente extraño aún. Pronto, la vida se tornó difícil, el tiempo escaseaba, pero enviaba alguna vez una carta que era respondida con igual dificultad. Tiempo después, en el momento en el que las personas logran establecerse en su nuevo sitio, fue imposible destinar una carta a mis amigos. Sentí nostalgia y congoja por esta nueva situación. Con todo, pensé si ellos me escriben haré todo el esfuerzo necesario para responder. Esperé. Seguí esperando largo tiempo, hasta que pude enviar alguna señal de vida y me respondieron algunos, no todos.
Ahora pienso: ¿por qué soy yo el que tiene que acordarse de ellos? ¿Es muy difícil para ellos dedicar unos minutos a sus amigos? ¿Amigos? Excelsa palabra, desgastada por el banal uso que de ella se hace. Panas en la juerga, en las buenas épocas, cuando te necesito… Pero, ¿es ese el caso de los que yo llamo amigos? ¡No! Me niego a creer que ellos entran en esa clasificación. Simplemente es mi egoísmo el que me lleva a pensar de esta forma. Deben dedicar su tiempo al estudio, a sus nuevos y a los otros viejos amigos, a su familia… porque no soy YO el único en el mundo.
En este instante me doy cuenta que un amigo es aquel que de lo que lleva dentro da a los que están más cerca. Aquél que vive fuera de sí, dándose a los demás. Que aun estando cansado saca tiempo para el resto. Que está dispuesto a dar su vida por un amigo.