RIO ROJO

Es invierno. Tengo trece años y estoy parado sobre la baranda del puente que separa Manta de Tarqui.
Anoche ha caído casi un diluvio y
ahora pasan violentas las aguas de dos ríos bajo el puente para convertirse en uno solo e ir a desembocar en el mar que sube a su encuentro en este día de aguaje.Cerca revolotean chicos sin escuela mientras apresuran el turno para hacer sus piruetas en el aire e ingresar como pájaros en el agua. El Chueco me trae un neumático de automóvil y me dice:
-Póntelo para que no te ahogues.Miro alrededor, adivino las burlas si lo uso, y digo que no.
-Estos porque son cholos
–Insiste el Chueco.

Yo calculo la caída. No hay más de cuatro metros. Pero no es la altura lo que atemoriza sino la posibilidad de ser arrastrado por la turbulencia que causa el choque del mar que sube y del río que baja. De pronto, alguien me empuja y apenas tengo tiempo para intentar un giro y caer justo sobre la cresta de la ola que viene y sumergirme y sentir como una inyección de vida.
Enseguida, es el río, lleno de palizada, quien me arrastra en su loca carrera, con tal fuerza que me ahogaría de inmediato si yo hiciera el más mínimo intento de aferrarme a la vida. Así que transcurro a la deriva. Decenas de lisas entran y salen del agua, casi escoltándome. Más lejos, un par de bufeos hacen lo mismo. Y yo me q u e d o anonadado, sintiendo que ese entronque entre río
y mar es una de las cosas más maravillosas que he vivido.

II

Ahora mismo, mediados del 2015. Casi un anciano, estoy arrimado a la baranda del viejo puente.Igual que otros, turistas con mascarillas sobre todo, he venido a presenciar el asombroso estanque de color rojo sangre que el progreso y la desidia han convertido lo que alguna vez fue un río.
En el aire ya no revolotean gaviotas, o pelicanos, sino gallinazos. Ni hay el olor a invierno sino un intenso hedor a los desechos orgánicos que -vías alcantarillas- llegan al río. Y luego al mar. Pero hoy lo que sorprende es el color.
-Debe ser que comemos rosas rojas
–digo.
Y algunos me miran, recordando a la autoridad que nos mandó a comer flores para que la ciudad no apestara. Y sin que nadie lo pida, hacemos un minuto de silencio. Por el río. Por el mar. Por la vida.

Franklin Briones Alcívar
franklinbriones@hotmail

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